sábado, 30 de octubre de 2010

La mansion encantada, cap3



Capitulo 3.

-Qué podemos hacerle a las chicas? Nos han mojado – se quejó Javi.


-No lo sé. Vamos a desayunar y ahora pensamos – sonreí.

-Sí, pero vamos a cambiarnos. No creo que a Rosa le haga mucha gracia vernos así – rió Sergio.

Nos pusimos unos chándales muy cómodos. El mío era negro, el de Javi rojo y el de Sergio gris. Nos pusimos nuestras deportivas y bajamos a desayunar después de lavarnos las manos.

Las chicas estaban sentadas comiéndose unas tostadas. Nos miraron de reojo y empezaron a reír. Sergio gruñó, pero no dijo nada.

-Por qué habeos tardado tanto? – nos regañó tía Rosa.

-Nos hemos tenido que cambiar tita – le di un beso.

-Venga que se os enfría el desayuno – nos sentamos a comer y devoramos la comida.

Las chicas se fueron arriba a cambiarse. Nosotros quitamos nuestros platos y los llevamos al fregadero.

-Estaba muy rico Rosa – sonrió Javi.

-Gracias – le revolvió el pelo – Venga subiros a lavaros los dientes y podéis salir al jardín a jugar un rato.

Subimos corriendo las escaleras y llegamos al cuarto de baño. Las chicas ya estaban allí lavándose la cara y los dientes, y a mí se me acababa de ocurrir una idea.

-Sergio, Javi, tengo una idea – susurré en el marco de la puerta sin que nos vieran las chicas – Cuando diga tres, empapamos a las chicas con agua – sonreí.

-Vale! – rió Sergio.

Entramos al baño tranquilamente, sonriéndole a las chicas. Le dí un beso a Lucía, que me conocía muy bien y me miraba con los ojos entrecerrados.

-TRES! – chillé de repente y nos pusimos a salpicar agua del grifo a las chicas.

-AAHHHH! – gritaron las tres a la vez y salieron de baño corriendo. Nosotros nos quedamos riéndonos.

Nos lavamos los dientes, cogimos una pelota que guardaba mi tía para mi y bajamos al salón a esperar a las chicas.

A los diez minutos bajaron ellas.

Traían cada una un bonito chándal. Pero el que más me gustaba era el de Marta, que le quedaba muy bonito a juego con sus ojos.

-Mamá! Estamos en el jardín – chilló Lucía.

-No salgáis de ahí, si necesitáis algo me llamáis – respondió y salimos al jardín por la puerta trasera de la casa.

Este jardín no se veía cuando estabas en el patio, ya que quedaba atrás de la casa. Era un perfecto círculo de césped muy bien cortado. A los lados habían muchos árboles y flores.

-A qué jugamos? – preguntó Victoria sonriendo, le encantaba el deporte.

-Un pase o un partido? – pregunté a las chicas.

-Mejor un pase – sonrió Marta.

Empezamos a jugar. Hacía un esplendido día. Estaba todo soleado, pero no nos daba exceso calor. Estábamos divirtiéndonos mucho.

Cuando le iba a pasar la pelota a Lucía, Javi se puso en medio y se la pasó a Sergio. Como Sergio no se esperaba la pelota, cuando llegó a él le pegó una patada muy fuerte y la pelota se fue entre los árboles.

-Anda! – Me sorprendí – Por qué te has puesto en medio Javi? – me queje.

-Lo siento, quería divertirme – agachó la cabeza.

-Venga no importa, vamos a por la pelota – sugirió mi prima.

-Yo no entro ahí, parece un bosque – dijo Marta.

-No pasará nada, cógete de mi mano – le dije tranquilo, no quería que mi amiga pasara miedo.

-Bueno vale – dijo flojito y me cogió la cabeza.

-Entonces vamos – Victoria encabezó la fila seguida por Lucía. Después iba Javi y Sergio. Por último Marta y yo.

Llegamos a los árboles y empezamos a cruzarlos. Tras andar unos minutos en completo silencio, vimos la pelota.

-Ahí está – gritó Lucía y Javi fue a recogerla.

-Dámela, vaya que la pierdas de nuevo – se la arrebató Victoria de las manos.

Me reí un montón de la cara que puso Javi.

-Oye Lucia, eso es un camino? – preguntó Sergio señalando unos peldaños de piedra bastantes descuidados que se andentraban más por los árboles.

-No lo sé, nunca he venido a esta parte del jardín. De todas formas, ya mismo acaba el jardín y se convierte en bosque – comentó.

-No podemos ir? – pregunte.

-Pero está oscuro – dijo Marta, yo le apreté la mano sonriendo, no tenia que tener miedo.

-Estaría guay, pero mamá nos espera. Hemos estado mucho tiempo fuera – DIJO Lucía y empezamos a andar de nuevo al claro del jardín.

-Bueno, y después de comer podemos ir? – preguntó Sergio.

-Supongo que sí – sonrió Lucía.

-Entonces, entremos a la casa, comamos y a irse de aventuras! – grité emocionado y corrimos a la casa, donde Rosa nos estaba esperando en la puerta con un paño de la cocina en las manos.